Air & Space Power Journal - Español Segundo Trimestre 2000

 

“Cada Uno de Ellos
es Una
Persona…”

General de Brigada (USAF) Mark Welsh
Comandante de Cadetes

Alocución el 26 de agosto de 1999 ante los cadetes de la
Academia de la USAF

HACE POCO me pidieron que efectuara una presentación sobre las lecciones personales aprendidas de mis experiencias en combate durante la operación Tormenta en el Desierto. Por lo tanto, me senté por una hora y media y sólo hice pensar y pensar sobre qué podía poner en esta lista––¿qué lecciones importantes había aprendido y cuáles deseaba pasar a futuras generaciones? Cuando terminé, sólo contaba con 15 temas, y me di cuenta que ninguno de ellos era lecciones aprendidas. Cada uno de los mismos tenía que ver con una persona, un suceso o un sentimiento mío. Pero nunca los he olvidado, y nunca los olvidaré. Y de eso es que deseo hablarles hoy. Antes de continuar, resulta importante que recuerden que todo tipo de combate es distinto. El combate aéreo sucede a una aproximación de proa a proa de 1000 millas por hora. Es fuego y acero frío; es la muerte instantánea y gran destrucción; sucede así (chasquea los dedos) y se acaba. Como pueden imaginarse, el combate terrestre no es de esa manera. Aquellos de ustedes que han escuchado a los soldados de infantería hablar de ello, saben que es un tiempo interminable y un miedo espeluznante, grandes estruendos y obscuridad. Es algo totalmente distinto. Y se necesita contar con un adiestramiento distinto para hacerlo y distintos tipos de personas que sepan lidiar bien con la situación y provean el liderazgo necesario para ese medio ambiente. Pero, indistintamente de cuántas personas están a su lado en las trincheras, o cuántas están volando a su lado en formación, el combate, especialmente su primer combate, constituye una experiencia intensamente personal. Hoy, les hablaré de algunas de las experiencias que recuerdo.

No tiene que imaginarse esto con exactitud ––se trata de un F16 estacionado en la rampa con un casco colgando del riel de la cabina. Una semana antes de que iniciara la campaña Tormenta en el Desierto, en las noches se volaban misiones hacia el norte de Arabia Saudita para practicar bombardeos simulados sobre los blancos en el desierto, de manera que aquellos de nosotros que no acostumbrábamos a volar misiones nocturnas estuviésemos preparados en caso de que comenzara la guerra. En esta noche específica, luego de haber “destruido” nuestro blanco; posataque hicimos reabastecimiento en el aire y regresamos a nuestra base que estaba a casi 400 millas. Ascendimos cerca de 42,000 pies, pusimos el piloto automático y nos recostamos en ese asiento de 30o de inclinación a contemplar la naturaleza. Era una noche hermosa. La luna, grande y llena, estaba directamente sobre nosotros y recuerdo que pense: “No puedo creer cuán brillante es la luna en el desierto”. Y hacia el horizonte vi algo que nunca había visto antes y, hasta el día de hoy, no he vuelto a ver ––una aureola. Una hermosa e inmensa aureola blanca que daba la vuelta a la luna ininterrumpidamente. Más tarde le comenté a mi piloto de flanco y él respondió que había visto lo mismo que yo ––estuvimos contemplando esa aureola hasta llegar a casa, pensando “Es increíble lo bello que es esto”. Es uno de esos momentos que uno vive cuando vuela un avión. Nunca olvidaré esa aureola…

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El General Brigadier Mark A. Welsh III, es comandante de cadetes y comandante de la 34ª Ala de Entrenamiento, en la Academia de la Fuerza Aérea Estadounidense en Colorado Springs, Colo. Sus responsabilidades incluyen el adiestramiento militar y fomento de sus habilidades de aviación, las actividades, las instalaciones y el apoyo logístico de los cadetes. Oriundo de San Antonio, Texas, recibió su comisión en 1976 después de su graduación de la Academia. Fue comandante del 4º escuadrón de combate táctico de Utah, y responsable de las operaciones combate durante la operación Tormenta del Desierto. Ha ocupado muchas otras posiciones de comando y estado mayor.

Como tampoco olvidaré que cuando aterricé esa noche, el asistente del oficial de operaciones me espero al lado del avión y me dijo: “Jefe, perdimos un avión”.

El nombre en el riel de la cabina que pueden ver en la fotografía pertenece a un joven capitán que se llamaba Mike. Tan sólo hacía un par de semanas que había llegado al desierto ya que había permanecido en Utah para casarse. Tenían dos semanas de casados cuando le dijo a su esposa que tenía que ir a la guerra. Recientemente había terminado su verificación local de tres vuelos y estaba en su segunda noche de vuelo nocturno. Creemos que confundió una luz en tierra con el haz de viraje del avión líder al que trató de unirse a medida que se dirigía hacia el avión cisterna. Mike se estrelló a una velocidad de 600 millas por hora, la proa baja a 60o, invertido y en postcombustión completa. Murió tranquilo. Saben, no creo que las palabras “murió tranquilo” fueron buenas noticias para su esposa cuando hablé con ella luego de que confirmamos que él estaba metido en esa humareda, ni para sus padres cuando les comuniqué la noticia. Nunca olvidaré esas llamadas telefónicas, ni a ese joven que, como muchos otros antes que él, murieron en compañía de grandes guerreros, en un lugar donde se llamaba a los guerreros en un momento en que más se les necesitaba. Jamás olvidaré a Mike.

De igual manera, tampoco podré olvidar haber asistido a sus servicios fúnebres dos días más tarde, contemplar este avión con su nombre grabado en el riel de la cabina, el casco con su nombre en la visera, su traje anti G colgado debajo del ala y a su jefe de personal de tierra saludando el avión mientras en el fondo se escuchaba la melodía de las gaitas tocando Amazing Grace. Todos los pilotos de combate en la base tenían lentes de sol para que nadie les viera los ojos inundados de lágrimas. Jamás olvidaré el contemplar el avión pensando: “¿Cuántas más ceremonias de este tipo tendremos cuando comience la guerra?”

La noche antes de que comenzara la guerra, nuestro comandante de ala le informó a los comandantes de escuadrón que “comenzaríamos en la mañana”. Reunimos nuestros escuadrones alrededor de las 5 de la tarde y la mayoría recibió el primer brifin que habían visto anteriormente durante el brifin secreto el Día 110. Entonces hice lo que creí era algo digno de un comandante. Les pedí a todos que regresaran a sus habitaciones y le escribieran una carta a sus familiares. Además, les dije que antes de entregarles en la mañana el número de la cola de su avión, tenían que darme sus respectivas cartas de manera que pudiera garantizar que se entregarían en caso de que no regresaran. En dicha carta quería que volcaran todo el bagaje emocional que uno lleva consigo al combate––v.g., No le dije a mi esposa esto, no hice aquello, no abracé a mi hija, no le dije a mi hijo que lo amaba, no llamé a mis padres… les dije que no volarían hasta tanto tuviese en mi poder esa carta. ¡Algo que los hizo callar por primera vez desde que los conocí! A medida que se dirigían hacia la puerta me sentí bastante orgulloso de mí mismo cuando mi oficial de operaciones se acercó y me dijo: “¡Qué idea tan maravillosa!” Asentí con la cabeza y él agregó: “Por cierto, me puede dar su carta antes de que le entregue en la mañana el número de la cola de su avión”. Ahora bien, ustedes no han vivido si no han tenido el placer de sentarse y pensar acerca de su familia la noche antes de que sepan se van a morir; si no han intentado disculparse con sus hijos por no poder estar ahí en su próxima función de ballet, en su próximo juego de pelota o de fútbol; en su graduación de la universidad; o para conocer a su futura esposa; o conocer a sus nietos; incluso si no ha tenido la dicha de expresarle a sus padres y hermanos lo mucho que significan para usted; o intentado decirle a su esposa cómo en su mirada sale y se pone el sol; e intentar expresar a la media noche todo esto en un pedazo de papel, 9,000 millas lejos del hogar. Se los recomiendo. Jamás olvidaré cuando escribí esa carta…

Esta es una foto de la base donde estábamos acantonados. En total, cuenta con una extensión de 2 millas de largo por casi una de ancho. Aquí pueden ver la pista de aterrizaje principal, una línea de carreteo paralela y, al lado izquierdo, hay una carretera que corre a lo largo de toda la base. En la parte superior izquierda es donde estaban las tiendas de campaña y las casetas de madera para los oficiales, y hacia la mitad del campamento es donde se encuentran las demás tiendas de campaña. A la mañana siguiente nos despertamos a la 1:30 de la madrugada porque el brifin era a las 2:15. Todos mis hombres se reunieron en el comedor y desayunamos, luego nos dirigimos al brifin en masa, que se llevó a cabo aquí en la esquina inferior izquierda de esta diapositiva. A medida que viajábamos por esa carretera paralela, sucedieron dos cosas. La primera fue que los aviones del Escuadrón Caza 421 encendieron sus posquemadores como parte del primer lanzamiento de la Guerra del Golfo. Y, a intervalos de 20 segundos, a medida que viajábamos en esa carretera, despegaron uno por uno en dirección opuesta a la nuestra. Cada avión aceleró a aproximadamente 400 millas por hora, colocaron la proa directamente hacia arriba y ascendieron para evitar posibles SAM al final de la pista de aterrizaje; sacaron el motor de posquemador y desaparecieron. De repente me di cuenta que esta era la primera vez que había visto despegar aviones sin las luces encendidas ––estaban en oscurecimiento total para el combate. Fue algo bastante sobrio. Luego, a mitad del camino, uno de los muchachos que viajaba conmigo en el auto, dijo: “Jefe, mire esto”, y señaló hacia el lado derecho del auto. Y al lado derecho del camino había miles de personas. Toda la población que vivía en las tiendas de campaña había salido de ellas apenas se encendió el primer posquemador y estaban parados a lo largo de dicha carretera. Estaban en uniforme, acababan de salir del trabajo; otros vestían pantalones de mezclilla, pantalones cortos, calzoncillos o pijamas, había de todo. Nadie hablaba. Sólo observaban a los aviones despegar, sabían lo que estaba sucediendo. Otra cosa que observé enseguida fue que, de alguna manera, todos sin excepción alguna hacían contacto con la persona que tenían al lado. Estaban tomados de las manos, o de un brazo, o con su brazo sobre los hombros de otro, o su mano tocando la espalda de su compañero, o simplemente se recostaban el uno con el otro. Estas eran personas que ni siquiera se conocían. Pero todos eran estadounidenses, todos eran guerreros y todos formaban parte de la causa. Jamás olvidaré sus rostros que se iluminaban por la luz y que luego se desvanecían. Están grabados en mi memoria.

Más tarde esa mañana, luego del brifin de la misión, fuimos al remolque de la Sección de Supervivencia donde mi escuadrón almacenaba todos nuestros equipos de vuelo. Todos los 24 aviones estaban volando, lo que significaba que 24 de mis hombres saldrían y yo tuve la fortuna de ser el comandante de esa primera misión. Ahora, todo aquel que ha estado en un escuadrón de aviones caza, o en todo tipo de escuadrón de vuelo, sabe que la Sección de Supervivencia, a medida que uno se prepara para volar, puede ser un lugar sumamente estridente. El personal está recibiendo brifines, se discute acerca de quién hace qué mejor ––en todo momento siempre está sucediendo algo. Es divertido. Pero esa mañana, todo era silencio. Me vestí escuchando tan sólo el sonido de las cremalleras de los monos de vuelo a medida que nos los poníamos. Salí del remolque y dejé la puerta abierta de manera que la luz de adentro alumbrara los alrededores del remolque. El resto de la base estaba a obscuras, y estábamos bajo mallas de camuflaje y no se veía fuera del remolque. A medida que mis hombres bajaron los escalones, les estreché la mano a cada uno y sólo les hice un gesto con mi cabeza, nadie pronunció una palabra. Observé como uno por uno viraba y desaparecía en la obscuridad, preguntándome si regresaría en la tarde… verdaderamente, no sabíamos qué esperar de esta guerra. Después de que partiera el último piloto, el Suboficial Ray Uris, que estaba a cargo de mi Sección de Supervivencia y había estado parado al marco de la puerta observando dicha ceremonia, bajó los escalones, estrechó mí mano y se quedó para observar cómo yo desaparecía. Jamás olvidaré contemplarles sus espaldas a medida que desaparecían en la tinieblas…

Una de esas espaldas pertenecía a un joven y talentoso oficial de armamento cuyo apellido era Scott, quizás el mejor piloto de combate con que contaba nuestra ala en ese momento. Alrededor de la segunda semana de la guerra, volamos en una misión para atacar una planta de energía nuclear al sur de Bagdad. Ese día, Scott era uno de los aviones líder. Prácticamente, esta fue la misión más difícil que mi escuadrón voló durante la guerra porque los iraquíes defendieron la zona al sur de Bagdad y verdaderamente defendieron la planta de energía nuclear.

Desde 25 millas antes de llegar al blanco, hasta que llegamos a la planta nuclear, los pilotos de dicha misión podrán decirles que vieron de 50 a 100 SAM en el aire. Recuerdo que gritaba y blasfemaba a mí mismo hasta llegar al blanco, hasta que llegó el momento del viraje ––en ese punto en que el entrenamiento se apodera de uno y uno mantiene silencio–– hasta tanto lanza sus bombas y nuevamente comienza a gritar y blasfemar. Fue espantoso. Al avión de flanco de Scott le dispararon a medida que nos alejábamos del blanco. Un SA-3 explotó debajo de su avión e hizo explotar sus tanques de combustible. La explosión ocasionó cerca de 100 agujeros en el avión ––70 de ellos atravesaron el motor y el compartimento del mismo, una situación grave en un F16 de un sólo motor. Durante las 2 1/2 horas siguientes, Scott lo escoltó hasta distintas bases de emergencia en vista de las condiciones del tiempo y de que algunas bases habían cerrado y no podían lograr que él aterrizara. Mientras que su piloto de flanco luchaba con el avión averiado, Scott gestionó que se desviaran aviones cisterna para obtener combustible, coordinó con los AWACS los permisos necesarios para aterrizar en otro campo de aterrizaje, coordinó el pase seguro a través de la defensa de bases aéreas a la vez que le aseguraba a su piloto de flanco que lograría aterrizar. Fue fenomenal, Scott había ayudado a salvarle la vida a ese piloto. De manera que, dos horas después de nosotros haber aterrizado, aterrizó Scott. Cuando supe que estaba en tierra, salí de mí dibrifin para averiguar con respecto al piloto de flanco. Ya estaba obscuro. Y, mientras caminaba hacia el remolque de la Sección de Supervivencia, doblé en una esquina debajo de la red de camuflaje y tropecé con algo. Me di cuenta que era Scott. Estaba recostado contra unos sacos de arena, agarrándose con las dos manos y temblando como una hoja. No podía caminar ni hablar, no podía hacer nada. Lo único que podía hacer era permanecer ahí de pié y temblar. Su fuerza se había esfumado. Toda su adrenalina había salido de su cuerpo. Ese día había dado todo lo que podía dar. Mientras trataba de pensar qué iba a hacer con Scott, se abrió la puerta de la Sección de Supervivencia y Shawn, un joven técnico de 19 años salió, vio lo que sucedía y dijo: “Jefe, sé que tiene cosas que hacer. Yo me encargo de él”. Y le respondí: “Bueno, déjame ayudarte a entrarlo”. Y él repitió: “Jefe, usted está ocupado. Yo lo cuidaré”. Por lo tanto, me fui. Observé cómo Shawn ayudaba a Scott a subir los escalones del remolque. Cinco horas más tarde, me ausenté de la celda de planificación de la misión del siguiente día y fui a ver cómo seguía Scott. Cuando doble la esquina de su tienda de campaña, ahí estaba Shawn, sentado en la arena temblando como una hoja, porque aún tenía puestos los pantalones de camuflaje y la camiseta que usaba en la oficina. Señores, ¡era el mes de enero en el desierto y en el desierto a la intemperie en invierno hacía frío! Le dije: “Shawn, ¿qué haces ahí?” Y me respondió: “Señor, el mayor finalmente se durmió. Tenía miedo que despertara y, si lo hace, quiero cerciorarme de que él sepa que todo está bien”. Ustedes se tropezarán con muchos Shawn en la Fuerza Aérea, pero este nunca lo olvidaré.

Esta es una foto de un sacerdote católico ––el Padre John, el capellán de nuestro escuadrón. El primer día de Tormenta en el Desierto, cuando me dirigí a mi avión vi al Padre John parado enfrente de la proa. Primero pensé que se trataba de un jefe de máquina hasta que me acerqué lo suficiente para reconocerlo. El Padre John era muy popular con nosotros porque era el primero en comprarnos un trago de whisky, el primero en encendernos un cigarrillo, el primero en comenzar una fiesta y el último en retirarse. Además, hubiese sido el primero en ir hasta el infierno en calzoncillos para sacar a alguien de ahí, de ser necesario. Conocíamos muy bien al Padre John, él encajaba perfectamente en un escuadrón de combate. De todas maneras, cuando llegué al avión el Padre John sólo comentó: “Oye, pensé que querrías una bendición antes de irte”. Inmediatamente me odié, porque me siento bastante a gusto con mi religión, y jamás había pensado en ese detalle ––muchas otras prioridades erróneas en mi mente en ese momento. Me arrodillé en el cemento enfrente del avión y el Padre me dio la bendición. Luego, terminé el prevuelo en mi avión. Al subir los escalones del avión pude ver que varios hombres salían de la oscuridad corriendo hacia mí. Eran mis otros pilotos que habían visto lo que había sucedido y querían que el Padre John los bendijera a ellos. Y así lo hizo. Después, cuando todos regresamos a salvo después de la primera misión decidimos: “El Padre John tiene que bendecirnos a todos… eso no puede cambiar”. No importaba si uno era bautista, judío o islámico ––sencillamente no importaba. El Padre John le daba la bendición al 4o Escuadrón de Aviones Caza. Lo sorprendente era que él siempre estaba ahí, indistintamente si eran las 2 de la tarde o las 2 de la madrugada. Después, mientras platicaba con el Coronel Tom Rackley, el comandante del 421avo Escuadrón de Combate, me enteré que el Padre John hacía lo mismo con sus hombres. No sé cómo, pero el caso es que lo hacía. Cada vez que aterrizaba de una misión de combate, mi cabina se abría, le daba un apretón de manos a mi héroe y jefe de máquina, el Suboficial Manny Villa, luego, bajaba los escalones y ahí establa el Padre John para bendecirme y darme la bienvenida a casa.

Cuando regresé de Tormenta en el Desierto lo hice sólo ––esa es otra historia–– pero terminé siendo el único en regresar a la Base Aérea Hill. Cuando llegué al estacionamiento, éstas personas me estaban esperando. Hacía tres días que mi escuadrón había regresado a casa, y al final pueden ver al Padre John. Esta es mi esposa Betty, algunos de mis hijos, y algunos de amigos que los acompañaron. Le había comentado en mis cartas a Betty del Padre John y de sus bendiciones. ¿Quieren saber cuán calmada es mi esposa? Cuando el avión se detuvo y se abrió la cabina, Manny Villa subió los escalones y estrechó mi mano, bajé y Betty le dijo al Padre John: “Primero usted”. El Padre se me acercó, me bendijo y me dio la bienvenida a casa…¡entonces Betty y yo nos dimos la mar de abrazos y apretones!

Un año y medio después, el Padre John falleció a causa de un ataque fulminante al corazón. Pienso que fue demasiado whisky, demasiados puros y demasiadas fiestas. A la semana de haber fallecido, 16 de los 28 pilotos que volaron conmigo en mi escuadrón durante Tormenta en el Desierto habían telefoneado a su familia en Stockton, California. Hubo llamadas desde Corea, desde Europa, desde Australia y desde todas partes de Estados Unidos, para contarles a su familia acerca del Padre John, para bendecirle y desear que el Señor lo recibiera en su seno. Nunca olvidaré al Padre John.

Esta es una fotografía de las casamatas para almacenar municiones al nordeste de Iraq. No significan mucho, salvo que hay una persona, cuyo nombre es Ed, del cual les quiero hablar, quien tuvo que ver con los agujeros que habían en ellas. Ed se fue para el desierto dejando a su esposa Jill embarazada de su primer hijo. Esta es una anécdota que se repitió continuamente durante Tormenta en el Desierto, en todos los servicios de las armas y a lo largo de la historia militar. Obviamente, no pudo ir a casa para el nacimiento de su hijo. Ya avanzada la noche, mi oficial ejecutivo fue a mi caseta de madera para despertarme y comunicarme que tenía una llamada telefónica en el puesto de mando. Me vestí y corrí hacia allá. Era mi esposa, y me dijo: “Mark, estoy en el hospital con Jill. Está de parto y se han presentado complicaciones. ¿Hay alguna manera que Ed pueda venir al teléfono para que hable con ella?” Fui y desperté a Ed y lo traje al puesto de mando. Mi esposa había hecho un arreglo con el hospital de manera que cuando Ed entró y se sentó, le entregué el auricular para que hablara con Jill que estaba en medio de un parto verdaderamente difícil. Mientras sostenía el teléfono con una mano y hablaba con su esposa, yo estaba sentado en una silla frente a él agarrándole su otra mano (algo que jamás hemos admitido en público). Podía ver la felicidad que irradiaba de sus ojos cada vez que ella le hablaba. Y veía la preocupación y dolor reflejarse en sus ojos siempre que comenzaba otra contracción y escuchaba a su esposa hacer esfuerzos para respirar. Y sentí como apretaba mi mano siempre que la oía gritar. Y lo vi sonreír cuando escuchó, por primera vez, el llanto de su hijo Nate a 9,000 millas de distancia. Jamás olvidaré esa sonrisa…

Doce horas después de haber hablado por teléfono, Ed formaba parte de una misión para bombardear esas casamatas para almacenar municiones. Fue la mejor evaluación de daños causados en combate que tuvo nuestro escuadrón durante toda la guerra. Bombardearon todos los blancos y muchos de ellos, como pueden apreciar en esa foto, fueron bombardeados casi en el centro. En tan sólo un espacio de 12 horas, Ed se transformó de un padre y esposo amoroso y abnegado en un guerrero indomable e intenso. Señores, esto sucede sólo en combate. Jamás podré olvidar esa transformación…

Uno de los factores más importantes del combate es el sonido. Todo aquel que ha estado en combate le podrá decir que las cosas que usted escucha son las que permanecen en su memoria por más tiempo. Quiero compartir con ustedes dos cosas que escuché y que jamás olvidaré. La primera tuvo lugar durante una de nuestras misiones al norte del área de Bagdad. Un misil de superficie-a-aire (SAM) le disparó a un F16 de otra unidad. Escuchamos al piloto de ese avión y al piloto líder hablar sobre cómo se estaba cayendo por pedazos mientras él intentaba llegar a la frontera para que las fuerzas de rescate lo recogieran. Su voz se escuchaba esporádicamente por la radio explicando cómo bajaba la presión de aceite, como aumentaban las vibraciones … y escuchábamos al piloto líder alentarlo diciéndole “Podemos llegar, podemos llegar”. Esto ocurrió por un espacio de 12 a 14 minutos. Hasta que por último dijo: “La presión de aceite está en cero”, y luego: “Mi motor se apagó”, y “No puedo más––me doy por vencido”. No sabíamos exactamente dónde estaban porque no podíamos verlos. Pero estoy seguro que no se escucho ningún otro sonido por la radio…y el silencio fue ensordecedor. Jamás olvidaré esos 14 minutos…

El otro sonido inolvidable ocurrió después de que comenzó la guerra terrestre. Un avión F16 fue derribado en el medio de la Guardia Republicana a lo que se retiraban, y quiero decir, justo en el medio. Hubo un llamado de un AWACS para que cualquier avión con municiones y el combustible para poder llegar donde se encontraba el piloto en caso de que fuese necesario llevar a cabo un SARCAP (Patrulla aérea de combate de búsqueda y rescate). Muchos respondieron al llamado, pero el primero que me llamó la atención fue un piloto de helicóptero Chinook del Ejército que dijo: “Tengo tanto de gasolina, está es mi ubicación, puedo estar ahí en tantos minutos, necesito sus coordenadas––lo puedo recoger”. Todos sabían dónde se encontraba la Guardia Republicana, y todos sabían que el piloto estaba en el mismo medio. Recuerden que un Chinook es del tamaño de un autobús inglés de dos pisos con hélices, ¡y no tiene ametralladoras!. Nosotros bromeamos mucho acerca de las rivalidades entre las armas, pero les garantizo que yo participaría en combate con ese helicóptero del Ejército…y jamás olvidaré la voz de la piloto …

Esta es la Carretera de la muerte. Ustedes nunca han visto esta fotografía. Esta carretera va hasta el norte de Basra; era la ruta principal de retirada de la Guardia Republicana que quedó aislada luego de ser bombardeada justo donde el humo negro del fuego de los pozos de petróleo pasaban por encima del valle del río Eufrates. Todo al sur lucía así. No es una fotografía nueva, pero les diré lo significativo de ella. Ahí maté a personas. Yo. Señores, creo que les dije que este combate es algo intensamente personal. Estoy seguro que yo maté gente durante la guerra, pero esta vez los pude ver. Vi los vehículos moverse antes de que cayeran las bombas. Vi soldados disparándome y luego corriendo después de que yo lanzara las bombas para cerciorarme de que no escaparían. La guerra es algo espantoso, espantoso. No tiene nada bueno. Pero a veces es indispensable. Por lo tanto, más vale que alguien sepa cómo pelear. Más vale que uno esté preparado. Jamás olvidaré la Carretera de la muerte…

Durante mi viaje de regreso del Golfo, volé con el 412avo Escuadrón hacia la costa del este de Estados Unidos. La primera torre de control con la que entablamos comunicación en Estados Unidos fue con el Centro en Boston. El contacto de Tom Rackley con ellos fue algo así: “Centro de Boston, Widow Flight, 24 F16 de regreso a casa”. Y el controlador de tráfico aéreo respondió: “Widow, bienvenido a casa”. Luego, a intervalos de 5 a 6 minutos, todas las líneas aéreas en esa frecuencia dijeron algo. “Bienvenidos”. “Buen trabajo”. “Que bueno que han regresado”. “Que Dios los bendiga Widow”.

Diez minutos después, pude ver el litoral de Estados Unidos ––era la costa de Massachusetts. Me senté en mi cabina y comencé a cantar America the Beautiful. Jamás olvidaré lo mal que sonaba… ni tampoco cuán orgulloso me sentí cuando terminé la canción…

Señores, miren esta bandera. Esas franjas blancas representan la integridad que ustedes abrigan aquí en la Academia de la Fuerza Aérea y será mejor que la lleven consigo a nuestra Fuerza Aérea. Esas estrellas representan toda la valentía de sus antecesores, ahora les pertenecen. Y el rojo representa a Mike, el Padre John y millones de personas que, al igual que ellos, murieron sirviendo a este gran país. En un futuro no muy lejano, alguno de ustedes estará aquí compartiendo sus experiencias en combate con las Clases del 2015, 16 ó 17. Y ustedes hablarán sobre las Clases del 2000, 2001, 2002 y 2003. Estos son ustedes. Y esto es lo que ustedes enfrentarán en la Fuerza Aérea de Estados Unidos. Si no están preparados, díganmelo ahora y les encontraré otro tipo de trabajo. Ustedes son muy buenos … tienen que ser aún mejor. Todas estas personas de las cuales les acabo de platicar cuentan con ello.


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